IV - La vida en castidad por el reino de los cielos

14. Consideren los hermanos y las hermanas la excelencia tan grande en que los ha colocado el Señor Dios, ya que los ha creado y formado a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a semejanza suya según el espíritu1. Creados por medio de Cristo y en Cristo2, han elegido esta forma de vida que se funda en las palabras y en los ejemplos de nuestro Redentor.

15. Habiendo profesado la castidad por el reino de los cielos3, han de cuidarse de lo que toca al Señor y no han de tener otra preocupación que la de seguir la voluntad del Señor y agradarle a Él4.
Obren en todo de forma que de su comportamiento irradie la caridad para con Dios y para con todos los hombres.

16. Tengan presente que, en virtud de este don eximio de la gracia, han sido llamados a manifestar en su vida el admirable misterio de la Iglesia, unida a su divino esposo, Cristo5.

17. Pongan los ojos, ante todo, en el ejemplo de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y Señor nuestro Jesucristo, siguiendo el mandato de San Francisco, que profesó una grandísima veneración a María Santísima, Señora y Reina, virgen hecha Iglesia6. Y recuerden que la Inmaculada Virgen María, cuyo ejemplo han de seguir, se llamó a sí misma esclava del Señor7.

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1 Adm 5, 1.    
2 Col 1, 16.    
3 Mt 19, 12.    
4 1Cor 7, 32; 1R 22, 9.    
5 Cf. Ef 5, 23-26.
6 SalVir 1.    
7 Lc 1, 38.