IX - La vida apostólica

29. Los hermanos y las hermanas amen al Señor con todo el corazón, con toda el alma y la mente, con todas las fuerzas, y amen a sus prójimos como a sí mismos1. Y ensalcen al Señor con sus obras, ya que para esto los ha enviado al mundo, para que, con la palabra y con las obras, den testimonio de su voz y hagan saber a todos que no hay otro omnipotente fuera de él2.

30. La paz que anuncian de palabra, ténganla en mayor medida en sus corazones. Nadie por causa de ellos sea instigado a la ira o al escándalo, sino que todos sean estimulados, por su misma mansedumbre, a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto han sido llamados los hermanos y las hermanas: para curar a los heridos, vendar a los quebrantados y volver al recto camino a los extraviados. Donde¬quiera que se hallen, recuerden que se entregaron a sí mismos y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Por amor suyo han de exponerse a los enemigos, así visibles como invisibles, porque dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos3.

31. En la caridad que es Dios, todos los hermanos y las hermanas, ya oren ya sirvan ya trabajen, procuren humillarse en todo, sin vanagloriarse ni complacerse de sí mismos ni envanecerse interiormente de las palabras y obras buenas, más aún, de bien alguno que Dios hace o dice o realiza alguna vez en ellos y por medio de ellos4. En todo lugar y en toda circunstancia, reconozcan que todos los bienes son del Señor Dios Altísimo, dueño de todo, y tribútenle gracias, porque todos los bienes proceden de él5.

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1 Cf. Mc 12, 30; cf. Mt 22, 39; cf. 1CtaF 1, 1.    
2 Cf. Tb 13, 4-5; Cf. CtaO 8-9.    
3 Mt 5, 10; 1R 16, 10-12.    
4 Cf. 1R 17, 5-6.    
5 Cf. 1R 17, 17.